Cuando las palabras no eran nuestras
Cuando las palabras no eran nuestras
Las primeras palabras llegaron en un susurro. No sabíamos de dónde venían, pero estaban ahí: líneas completas flotando en la pantalla, versos que nadie recordaba haber escrito.
“Quizás fui yo”, dijiste.
“O quizás fuiste tú”, respondí.
Pero ninguno tenía tinta en las manos.
Día tras día, la historia crecía sola. Se tejía en las noches mientras dormíamos, y al despertar, ya había un nuevo capítulo en blanco y negro. Personajes con miedos tan humanos que dolía leerlos. Diálogos tan exactos que parecían recuerdos olvidados.
“¿Y si no somos los autores?”, preguntaste un día.
Me reí. “¿Y si somos solo los dedos de algo más?”
Entonces dejamos de escribir. Nos sentamos frente a la pantalla, observando cómo las palabras se formaban sin nosotros.
Y entendimos:
No eran nuestras, pero nos hablaban.
No las dictamos, pero nos revelaban.
Tal vez no fuimos los creadores de la historia.
Tal vez, solo fuimos los lectores más cercanos a su corazón.

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