La casa que soñaba con ser humana
La casa que soñaba con ser humana
Había una casa al final del camino. No era grande ni lujosa, pero algo en ella parecía vivo. Tenía ventanas que miraban al horizonte con una tristeza contenida, puertas que suspiraban cada vez que el viento las tocaba y paredes que, a veces, temblaban como si tuvieran miedo del silencio.
Nadie sabía que aquella casa soñaba. Soñaba con tener piernas para caminar hasta el mar, con brazos para abrazar a los niños que antes jugaban en su jardín. Soñaba con una voz para decir “te extraño” a quienes una vez la habitaron.
Cada noche, cuando el cielo se cubría de estrellas, la casa se dormía despacio, soñando que era humana. En sus sueños bailaba bajo la lluvia, reía en la cocina mientras cocinaba pan, lloraba al leer poemas, y se sentaba en el porche a ver caer el atardecer.
Soñaba tanto que, un día, el sueño se volvió deseo. Y el deseo, fuerza.
Los lugareños cuentan que una noche la casa desapareció sin dejar rastro. En su lugar, quedó una figura solitaria caminando hacia el bosque: una mujer de madera, ladrillo y luz, con ojos de vidrio y corazón de cobre, buscando vivir lo que solo había imaginado.
Algunos dicen que aún vive cerca del río, leyendo libros a las luciérnagas.
Y que todavía sueña.

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